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La escuela no sirve para nada

Este es el llamativo título de un artículo que publicó hace tiempo Phillipe Perrenoud en un periódico suizo. Me alarmé cuando lo leí aunque, conociendo al famoso sociólogo, pensé de inmediato  en el tono incisivo e irónico del aserto.
En efecto, cuando comencé  a leer caí rápidamente en la cuenta de las pretensiones del autor. Así comienza el artículo de Perrenoud: “Bin Laden y los terroristas son personas muy instruidas. Como muchos tiranos y fanáticos. Como la mayor parte de quienes organizan el crimen. Como los dirigentes de las multinacionales que juegan con el dinero de los accionistas y se burlan de los usuarios tanto como del bien público. Entre los doce dignatarios nazis que decidieron crear los campos de exterminio más de la mitad tenían un doctorado. Los acontecimientos que agitan el mundo prueban una vez más que un elevado nivel de formación no garantiza nada en el orden de la ética”.
Es decir, que uno puede tener un altísimo nivel de instrucción y ser un perfecto sinvergüenza. Fueron médicos bien preparados, ingenieros muy bien formados y enfermeras muy capacitas en su oficio los profesionales que diseñaron las cámaras de gas en la Segunda Guerra Mundial. ¿Sabían mucho?
Claro que sabían. Se han hecho estudios de lo bien que funcionaban los hornos crematorios. Pero sus víctimas no se alegraron mucho de todo lo que sus verdugos sabían. En mala hora lo habían aprendido.  
Si el conocimiento que se adquiere en la Escuela y en la Universidad sirviera para engañar más fácilmente a los demás, para oprimirlos mejor y para manipularlos de una forma más eficaz, ¿podríamos estar satisfechos de la tarea realizada en ellas? ¿No sería mejor no contar con ellas?
Si los grandes triunfadores del sistema educativo, que son quienes gobiernan los pueblos, no están muy preocupados porque disminuya en el mundo la injusticia, el hambre, la opresión, la ignorancia y la miseria, ¿por qué hablamos de éxito del sistema educativo?
¿A qué llamamos éxito del sistema? ¿Cuál es el fin que persigue la Escuela? ¿Qué tipo de ciudadanos y ciudadanas queremos sacar como resultado de la acción educativa? ¿Cómo conseguir que la sociedad, a través de la acción ciudadana, sea cada día mejor?
El pedagogo alemán Von Hentig, en un interesante libro titulado «¿Por qué tengo que ir a la escuela?», le explica a su sobrino mediante veintiséis hermosas cartas cuáles son los motivos por los que merece la pena ir a la Escuela. Dice en una de sus cartas “A mí no me gustaría convivir con gente que no tuviera esta educación, me parecería peligroso. Podrían volver a elegir a Hitler”.
La Escuela tiene dos cometidos básicos. El primero consiste en desarrollar la solidaridad y el respeto al otro sin los cuales no se puede vivir juntos ni construir un orden mundial equitativo. Mediante el segundo pretende construir herramientas para hacer el mundo inteligible y ayudar a comprender las causas y las consecuencias de la acción, tanto individual como colectiva, tanto propia como ajena.
Me preocupa saber si, con la acción que se realiza dentro de la Escuela, los alumnos  y alumnas  consiguen esos objetivos. Me preocupa también saber si los profesionales que trabajamos dentro de ella los hemos alcanzado o estamos caminando hacia ellos.
Es inquietante ver (si la pretensión es conseguir la formación de ciudadanos solidarios) que algunos alumnos terminan la escolaridad siendo egoístas, violentos e insolidarios. Es inquietante comprobar que (si la pretensión es conseguir ciudadanos críticos) que algunos alumnos salen de la Escuela siendo repetitivos, adocenados y sumisos.
Cuando se comprueba lo sucedido debe iniciarse otro proceso más riguroso si cabe. Es el proceso de atribución mediante el cual damos respuesta a la pregunta siguiente: ¿Por qué ha sido ese el resultado? Cuando existen resultados negativos suele explicarse el fracaso achacando a los alumnos su falta de respuesta a los buenos planteamientos educativos. Esa es la forma más perfecta de seguir instalados en la rutina, que es el cáncer de las instituciones.

Miguel A. Santos Guerra


  
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Edição:

Edição N.º 187, série II
Inverno 2009

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