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La vacunación como metáfora

El escandaloso panorama que estamos contemplando en el proceso de vacunación contra la covid-19 pone en cuestión el sistema de valores que preside la vida y las relaciones en nuestro mundo. Es una metáfora muy reveladora de la sociedad en que vivimos.

Cómo es posible que, existiendo diversas y más que suficientes vacunas en el mercado, sigan contagiándose y muriendo personas a miles en el mundo? De nada les servirá a los muertos y a sus familiares el remedio si llega tarde. Para nada valdrá la solución a quienes acabaron el problema con la muerte. Por qué la lentitud, entonces? Por qué la desorganización? Por qué las trampas? Vivimos en un mundo que se asemeja a una selva. En la selva los más fuertes dominan, explotan y matan a los más débiles. En esta sociedad nuestra, además, los que más saben aprovechan su conocimiento para beneficiase de quienes saben menos. Antes de entrar en la selva podría leerse en letras grandes y claras: sálvese el que pueda!
El escandaloso panorama que estamos contemplando en el proceso de vacunación contra la covid-19 pone en cuestión el sistema de valores que preside la vida y las relaciones en nuestro mundo. Es una metáfora muy reveladora de la sociedad en que vivimos. Plantearé cuatro fases, elegidas entre muchas otras, en las que se ve de forma meridiana lo que pretendo decir.

1. Los procesos de investigación han sido dispersos y fragmentados en una carrera por ver quién llegaba antes y quién podía enriquecerse de manera más rápida e intensa. No ha existido una coordinación que era tan lógica, tan necesaria y tan urgente para unificar los esfuerzos y avanzar juntos hacia una meta común: la salvación de la humanidad a través de la ciencia. Pero no. Cada empresa, cada laboratorio, cada país ha hecho la investigación por su cuenta para ser la primera en ganancias. Lo que prima en la selva es la competitividad, lo que prima es la codicia, lo que se prioriza es el individualismo.

2. La producción y la venta está ofreciendo también un espectáculo inquietante. Se está produciendo un mercado de vacunas al mejor postor, que ha hecho incluso romper contratos ya firmados. ‘Si me pagan más aquí, aquí las vendo’. De nada sirve la palabra dada o la firma estampada. De nada sirven la lógica y la justicia. Lo que importa es el dinero. Como consecuencia, los países pobres tendrán las peores vacunas y las tendrán más tarde. Qué mundo estamos construyendo? Los más hábiles, los más sagaces, los más rápidos llegan primero a conseguir lo que pretenden. Hay vacunas para ricos que se ofrecen en viajes de lujo. Las diferencias son abrumadoras y crecientes. Este es otro lema de la selva: el que venga detrás, que arree.

3. El ritmo de vacunación me tiene sorprendido y enfadado. Desde el momento en el que se anunció la presencia de diferentes vacunas en el mercado, creí que se iba a producir un tsunami de pinchazos. El ritmo de vacunación me está pareciendo desesperadamente lento. Hay que vacunar sin descanso. Aceleradamente. Obsesivamente. Frenéticamente. En turnos de mañana, tarde y noche. Los segundos son vidas. El tiempo que pasa nos aleja de la solución. Por qué vacunar tan lentamente? Es un simple pinchazo, no es una operación larga y complicada. Es urgente acelerar el ritmo.

4. También hay que vacunar éticamente, con un orden estricto, inspirado por criterios solidarios. Una vez establecidos, hay que respetar los turnos. Algunos políticos tienen la cara muy dura. Saltarse la cola de la vacuna para que ellos, sus familias y sus allegados (de trabajo o de amistad) se vacunen antes que los sanitarios o los ancianos de más 80 años, es un comportamiento indecente. Supone aprovechar el poder que le ha dado el pueblo para ir contra el pueblo. Supone decir: antes que salvarte tú me salvo yo porque para eso tengo el poder de hacerlo. Un abuso intolerable. Es la negación de la democracia. Es olvidar de manera contundente que el político está ahí para servir al pueblo y no para aprovecharse de él.

Nosotros tenemos que construir un mundo lo más alejado posible de la selva. Un mundo en el que, al entrar, pueda leerse: solo podemos salvarnos juntos! Debemos construir una sociedad más justa, más solidaria, más habitable, más compasiva. El camino es la educación, que no va a transformar directamente el mundo, sino que va a formar a las personas que puedan conseguirlo.

Miguel Santos Guerra


  
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