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Se precisan esfuerzos adicionales para que la educación sea el “tesoro a descubrir” que nunca disfrutamos como deberíamos, a la altura de lo que necesitamos: una sociedad educadora, en la que todas las personas se sientan convocadas a aprender juntas, como sujetos de derechos y deberes cívicos.
La pandemia nos ha fatigado biológica, social y emocionalmente. Y aunque todo indica que tenemos un futuro más esperanzado del que imaginábamos hace pocos meses, casi nada volverá a ser como antes. No podrá serlo en las formas de prever y/o actuar ante circunstancias que desvelan nuestra fragilidad y la del Planeta, obviando los riesgos inherentes a modos de producir y consumir desbocados, evolucionando contra la naturaleza, agrediéndola y agrediéndonos sin cesar. Perpetuando las injustas e injustificadas desigualdades que nombran la pobreza, el hambre, los conflictos bélicos, el racismo, la xenofobia, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, los fundamentalismos ideológicos y religiosos... Desde los inicios del 2020, un ‘virus’ resume, en cinco letras, un guion y dos números (covid-19), las adversidades de una zoonosis que sabíamos podía ocurrir en cualquier momento; consecuencia, como analiza Andreas Malm en «El murciélago y el capital» (2020), del caos ecosistémico al que nos hemos abonado. Los diagnósticos son contundentes: la capacidad autodestructiva de los seres humanos conduce, de no adoptar medidas urgentes, a una situación catastrófica de dimensiones desconocidas, asociada a un colapso civilizatorio que según las tesis del ecologismo profundo solo podrá afrontarse con un giro radical en nuestros valores, actitudes y comportamientos. El coronavirus, que comenzó siendo observado como un acontecimiento remoto, es uno de sus exponentes más devastadores e inquietantes. Por extraño que parezca, cuando ya ha causado la muerte de más de tres millones de personas, no hay culpables o responsables directos, mientras proliferan quienes – cerca o lejos – se apuntan a las soluciones, pocas poniendo énfasis en la transición hacia otra ‘globalización’, posible y necesaria.
No bastará con aprender... La investigación y sus aplicaciones, de momento, nos van salvando, contribuyendo a preservar la vida mediante el uso expansivo de vacunas, comenzando a superar – aunque de un modo dispar – los temores, la impotencia y el desbordamiento de los sistemas sanitarios. Y, con ellos, la impericia y el aturdimiento de los responsables políticos, cuyas declaraciones naufragaron en sus concreciones prácticas. La solidaridad, la cooperación, la ayuda mutua... continúan caminando lentas y por trayectos complicados, debilitando la voluntad – cuando existe y no milita en el negacionismo – de sus propuestas normativas, programáticas o estratégicas. En este escenario, poco dado a situar sus prioridades en los más vulnerables y desamparados, el desafío desborda las respuestas tecnológicas, científicas o higiénicas; incluso las financieras y los planes de choque destinados a paliar los impactos más dolorosos de la enfermedad. Cuando los intereses económicos e ideológicos estropean casi todo lo que tocan, los retos tienen aires pedagógicos y sociales, si en verdad se aspira a un cambio de rumbo ‘sostenible’, haciendo uso de la última expresión con la que se ha adornado al desarrollo, trazando los objetivos y las moderadas agendas de un mitificado 2030. Por muy importante que sea asegurar y garantizar una educación escolarizada ‘sin virus’, evitando contagios en los centros educativos, tranquilizando a las familias, al profesorado y al alumnado, conciliando el trabajo en las aulas con la expansiva utilización de dispositivos telemáticos... no bastará con aprender, de hoy para siempre, las crueles lecciones – volvemos a argumentos de Boa- ventura de Sousa Santos – de una crisis pandémica que ha puesto el mundo patas arriba, invocando el valor de los cuidados físicos y psicológicos, de las convivencias y las libertades sin tutelas, de la ciencia, o de las alianzas que deben darle a la educación – a todas las educaciones – la primacía que le corresponde como un bien común estimable, con el que mejorarnos individual y colectivamente.
Se precisan esfuerzos. Para logarlo no será suficiente con retornar a una ‘normalidad’ imprecisa, a repensar los saberes curriculares y sus ‘transversalidades’ perdidas (en la educación ambiental, para la salud, la ciudadanía, la cooperación, etc.), a reorganizar los tiempos y espacios escolares abriéndolos al entorno, o a darle nuevos cauces a la formación y profesionalización docente. Tampoco a creer que la pandemia deparará, por sí misma, oportunidades que innoven la educación, reduzcan la brecha digital, o llenen los vacíos afectivos provocados por el confinamiento. Se precisan esfuerzos enérgicos, adicionales y, hasta cierto punto, extraordinarios para que la educación sea el “tesoro a descubrir” (Jacques Delors, 1996) que nunca disfrutamos como deberíamos, a la altura de lo que necesitamos pedagógica y socialmente: una sociedad educadora con pilares firmes, en la que todas las personas – desde la infancia hasta la vejez – se sientan convocadas a aprender juntas, vital y cotidianamente como sujetos de derechos y deberes cívicos. Ejercerlos, aunque sea en los límites, también educa.
José Antonio Caride
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