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Los nombres de las calles de nuestra ciudad nos invitan a preguntarnos por su significado profesional y moral. Nos están educando desde la calle, todos los días, y a miles de ciudadanos.
Si alguien se detiene en analizar el callejero de una ciudad europea y el de una ciudad de América puede observar una notoria diferencia entre sí. Si lo hace además con lo que observa en ciudades de África la diferencia es aún más notoria. Pongamos algunos ejemplos. En ciudades africanas como Yaundé (Camerún) o Libreville (Gabón), buena parte de sus calles y barrios carecen de identificación nominal o numérica. Si uno desea tomar un taxi para llegar a la casa de un particular, o a una institución, además de compartirlo con otros usuarios, tiene que explicar al conductor dónde se encuentra ese lugar mediante indicaciones indirectas, pero no con el nombre de la calle (del que carece) o el número general de la rúa a la que se encamina, pues no existe. La casa se encuentra cerca de, próxima a, en dirección a, con lo que la pericia del taxista juega a favor del éxito y rapidez del viaje, o de su lentitud y fracaso si es inexperto. Esa forma de actuar y entender el orden de los espacios habitados, o no, forma parte del modelo organizativo de una sociedad rural, tal como ha sucedido en Europa durante siglos, o como aún se manifiesta en muchas comunidades y ciudades africanas. Rige el anonimato de personas, lugares o acciones deslumbrantes. El tejido cartográfico de muchas de las ciudades de América responde a otro momento evolutivo del urbanismo, cuando los nuevos colonizadores decidían crear y ubicar ex novo una determinada ciudad, por razones de seguridad, facilidad de comunicaciones, estrategia defensiva o comercial. Tomaban la regla y el compás y adoptaban criterios numéricos cruzados, aplicando a una calle o a una avenida un sistema secuencial numérico. Pensemos en ciudades que hoy resultan prototípicas de lo que explicamos: Nueva York (USA), Bogotá (Colombia), La Plata (Argentina), Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), o Maringá (Brasil), por no referirnos más que a algunas. En ellas los nombres propios de calles, con identidad reconocida más allá de los números, simplemente no existen. Rige el anonimato y prevalece la despersonalización en favor del criterio numérico estricto. Hagamos el mismo ejercicio de observación sobre las ciudades europeas, cualquiera de ella, sea Lisboa, Paris, Madrid, Roma y centenares de ellas. Se aprecia que en todas ellas sus calles tienen nombre, con carteles más o menos estéticos, pero visibles. Son nombres de oficios, personas, lugares, batallas, ciudades, escritores, ciudadanos ilustres, políticos, militares, pintores y tantas profesiones, y... algunos educadores también, pero los hay.
Práctica social romana. Podemos preguntarnos por el origen de esta práctica social, informativa, y al fin educadora en muchos casos, propia del mundo urbano. El dedicar una mención especial y pública permanente a una persona, como el dar nombre a una calle o avenida de la ciudad, procede de las prácticas sociales romanas, que concedían a los mayores de trayectoria profesional o política brillante, que habían fallecido, la dignidad de ser admirados y respetados por su quehacer público en beneficio de la república, o del imperio más tarde. Por ejemplo, las principales calles de Roma, aun hoy, responden al criterio onomástico mantenido durante siglos en su trazado urbanístico. La pregunta que nos podemos hacer se refiere al valor educativo, al modelo de valores que, según nuestros viejos predecesores romanos, trataba de reproducirse o mantener imitando la forma de ser, el valor moral, militar, intelectual, artístico de quienes dan nombre a una calle, una plaza, un paseo, una avenida, un boulevard. Los espacios y lugares tienen memoria histórica, encierran una semántica icónica o literaria que se traslada a los ciudadanos de muchas maneras, que a su vez conlleva modelos de vida y de conducta pública dignos de ser imitados. Por tanto, conviene detenernos en la observación de nuestros lugares de memoria, como diría Pierre Nora, para comprender muchos de los nombres y estilos de persona que ofrecen al espectador, al viandante, las calles y plazas de nuestras ciudades. De ninguna manera son educativamente neutros, pues requieren una hermenéutica, como nos podría muy bien sugerir Umberto Eco. De ahí que cuando se pone o retira el nombre a una calle, los responsables de tales decisiones han de asumir una gran responsabilidad histórica y pedagógica, pues no es lo mismo colocar a esa calle el nombre de un dictador, un militar triunfador, un jugador de fútbol, un motivo religioso, un pintor destacado, una educadora insigne, o un poeta, por citar solo algunos posibles ejemplos, pero reales, visibles en nuestro paseo cotidiano por la ciudad. Los nombres de las calles de nuestra ciudad nos invitan a preguntarnos por su significado profesional y moral. Nos están educando desde la calle, todos los días, y a miles de ciudadanos.
José M. Hernández Díaz
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