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1. Hace algunos años, leí el libro «El poder de la estupidez», de Giancarlo Livraghi, filósofo italiano dedicado al estudio de la cultura y la comunicación. Hoy lo he rescatado de la estantería porque he querido refrescar algunas ideas para tratar de comprender algunos hechos recientes. Por ejemplo, la postura de los negacionistas ante una pandemia que se ha llevado ya más de un millón y medio de personas; la irresponsabilidad de quienes siguen organizando fiestas multitudinarias y reuniones masivas; los más de 70 millones de votantes de Trump y el 70% de seguidores que apoyan su postura de rechazar los resultados de las elecciones; las actitudes de algunos políticos ante la crisis económica, sanitaria y social que estamos atravesando... Y otros comportamientos de quienes alardeamos de ser racionales. Existen, qué duda cabe, la perversidad intencionada, la megalomanía, el egoísmo, el abuso de poder, la astucia, la avaricia, el fanatismo, el orgullo, el deseo de dominar... Pero la historia y el presente nos llevan a concluir que la mayor parte de los errores son fruto de la pura y simple estupidez.
2. Imagino que el lector ha oído hablar alguna vez o ha leído algo sobre el principio de Hanlon, también conocido como la Navaja de Hanlon: “No atribuyas nunca a la maldad lo que puede ser explicado sencillamente por la estupidez”. Concepto básico que confirma Robert Heinlein en una afirmación aun más simple: ”No subestimes nunca el poder de la estupidez humana”. Es mucho peor ser estúpido que ser malvado, porque los estúpidos no descansan, le oí decir a mi querido Manuel Alcántara.
3. La estupidez no tiene que ver con la cantidad de conocimientos que se posee. Es más, hay quien piensa que la estupidez es un vicio propio de los intelectuales. Lo dice de forma clarividente Fernando Savater que habla de la estupidez como un vicio endémico del intelectual: “La estupidez es la enfermedad profesional del intelectual, como la silicosis es la del minero”. Decía Montaigne que “nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”.
4. En la obra de Livraghi podrá encontrar el lector o la lectora algunos capítulos de especial interés como La estupidez de la guerra, La estupidez del poder (que tiene su contrapartida en el poder de la estupidez), La estupidez de la burocracia, La estupidez de las tecnologías, La estupidez de la prisa, La estupidez del oscurantismo...
5. [Baltasar] Gracián dice que son tontos todos lo que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. La cruzada contra la estupidez está perdida de antemano. Decía Albert Camus en «La peste» que “la estupidez siempre insiste”.
6. En su «Diccionario razonado de vicios, pecados y enfermedades morales», Jorge Vigil Rubio diferencia la estupidez moral de la estupidez cognitiva. Dice: “En el estúpido moral concurren una inteligencia o formación generalmente moderadas – por lo que no rara vez se solapa con la estupidez cognitiva –, una actitud de autoafirmación y una posición sectaria”.
7. Ante las razones epidémicas de la estupidez y para desactivarla preventivamente allí donde anida – en la falta de autoconsciencia – vale la pena seguir el consejo de Fernando Savater: “Cada cual debe hacerse chequeos periódicos a sí mismo para descubrir a tiempo la incubación de la estupidez. Los síntomas más frecuentes son: a) espíritu de seriedad, b) sentirse poseído por una alta misión, c) miedos a los demás, unidos a un loco afán de gustar a todos, d) impaciencia ante la realidad (cuyas deficiencias son vistas como ofensas personales o parte de una conspiración contra nosotros), e) mayor respeto a los títulos académicos que a la sensatez o la fuerza racional de los argumentos, f) olvido de los límites (de la acción, de la razón, de la discusión), y g) tendencia al vértigo intoxicador”.
8. Permítame el querido lector o lectora formular dos breves sugerencias para cerrar estas líneas. Tomo prestada la primera de Ethel Barrymore: “Uno crece el día en que por primera vez se ríe de sí mismo”. La segunda es de mi propia cosecha: contra la estupidez no basta la instrucción, como hemos visto, es necesaria la educación, que contiene dimensiones críticas y éticas.
Miguel A. Santos Guerra
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